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Fundación MAXAM

Fundación MAXAM - Calendario del año - 2004

Diana
                                                                                                                             
Técnica mixta / poliéster y fibra de vidrio
102.2 x 82.5 x 6 cm.
                                                                         

¿Qué Diana Cazadora es ésta, es siquiera una Diana? El arte de Andrés Nagel (1947) se ha caracterizado siempre por un alto contenido irónico, esta obra lo acentúa aún más lejos de la divinidad hermosa y encantadora, de la naturaleza amable que se disfruta, lejos del amor que se metaforiza. Nagel prefiere un personaje más “ajustado” a los tiempos que corren: una figura negra, de sexo incierto, más ídolo que divinidad, más amenazadora que atractiva.

En la figura de Diana coincidieron tópicos que han alimentado el mito durante siglos. No fueron los menos relevantes aquellos que establecían una estrecha relación entre la mujer, la belleza y la naturaleza, tampoco era inadecuado pensar en el cuidado y en el alimento, en la protección, y a través de ellos conferir a la mujer una condición más plenamente natural que la de cualquier otra criatura: gracias a la divinidad mítica podíamos gozar de la naturaleza que en ella se manifestaba y ser, así, felices. Diana era amante y gran madre, protectora, dadora de seguridad y de alimento, metáfora de una metamorfosis que ponía el universo a nuestra disposición.

El personaje creado por Nagel invierte el mito, y lo hace en varios sentidos. No sólo altera la iconografía tradicional, también altera el significado tradicional de la mujer y de la naturaleza, de la caza y del paisaje. La elaboración idílica que había caracterizado al mito se convierte ahora en forma agresiva, la suavidad de los parajes cede el paso a un cromatismo violento que, sin embargo, cuadra bien con la fisonomía del personaje.

Sin embargo, paradójicamente, el artista no está tan lejos del mito como pudiera parecer a primera vista. Esta singular Diana vive de la naturaleza y de la animalidad que se escondía en los orígenes, y la condición agresiva del paraje en el que se encuentra es más propiamente natural que la dulzura a que la tradición nos tiene acostumbrados. Como si Nagel hubiera decidido “tomarse en serio” las verdades del mito y ponerlas en la pintura tal como ahora podemos pensarlas, sin hacer concesiones, sin mistificarlas. Diana surge de una pretensión de verdad, y por eso estalla ante nuestros ojos en una pintura que, si recuerda algunas de las figuras picasianas de los primeros años del siglo –es de familia afín a la Driada, a las señoritas de Aviñón-, bebe también el agua del expresionismo y del surrealismo. No sólo nos invita a mirar y gratificarnos, como hacían las pinturas académicas, nos obliga a pensar aquello que el mito escondía.

Valeriano Bozal
(Texto elaborado para el faldón del calendario de 2004)






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Última actualización 2019.06.11
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